Educación para el amor

Es indudable la importancia de la educación sexual en la vida de la persona y por lo tanto para la familia y para la escuela.

El ser humano es un ser sexuado y esto no como algo secundario sino como constitutivo y fundante de su identidad personal. De esta manera es imposible abordar su educación sin tener en cuenta la dimensión sexual en el desarrollo y el crecimiento de la persona.

De este modo la educación sexual en su sentido amplio puede ser definida como un eje integrador de todo el proceso educativo y, dada la conflictividad con que se manifiesta en nuestro tiempo, como algo impostergable. La problemática en torno al tema ha desbordado el ámbito de la familia, fundamentalmente por el exceso de información a través de los medios de comunicación social, los cuales ocasionan lo que podría llamarse un proceso de estimulación temprana cuyas consecuencias son más negativas que positivas.

La Escuela, a su vez , está padeciendo junto a la familia el papel de receptora tardía de situaciones y cuestionamientos para los cuales, cada vez más, está menos preparada y más limitada para cumplir con su misión formadora de la persona.

En el comienzo de un nuevo milenio, y a la sombra de esta edad de la cultura llamada posmodernidad, invadidos por un pansexualismo y un consumismo individualista, propiciados y sostenidos por poderosos intereses económicos y culturales en pro de la instrumentalización y dominio de las conciencias y de los pueblos, asistimos a la desintegración de una cultura sin vislumbrar cuál es el camino a seguir para generar una nueva cultura al servicio del hombre y superadora de las flagrantes contradicciones de nuestro tiempo.

Como ha sucedido en etapas de la historia similares a la actual, pero quizá nunca con tanta crudeza, la desintegración cultural de nuestros días es signo de la disolución de la persona humana, parcializada y reducida en su concepción y en sus proyectos. Cada dimensión constitutiva de la persona se tornó exclusiva y se exaltó a tal punto que las demás han sido negadas o menospreciadas, y en el mejor de los casos, postergadas por intrascendentes.

La memoria histórica de la modernidad recuerda haber entronizado a la diosa Razón y a la Voluntad de poder, idolatrando además a la libertad del hombre. Se ha exhaltado el espíritu del hombre desencarnándolo de su condición histórica y, por reacción, se ha reducido a éste a una pura materialidad evolutiva. Se pretendió determinarlo desde su subconciente y se lo definió como un ser naturalmente enfermo de sus traumas y sus complejos. Se ha organizado las vidas de las personas desde su individualidad y por giro dialéctico ideológico se le negó ésta para sumergirlo en el puro anonimato de una clase social al exclusivo servicio de la revolución permanente.

Se lo ha previsto como totalmente dependiente y condicionado por la historia, y también, por eso mismo, indiferente ante la propia cultura.

Para algunos el hombre sirve sólo si es eficiente y pragmático y, para otros, sólo si es apto para servir a dogmatismos ideológicos alejados de la realidad.

El problema actual, por lo tanto, no consiste en la problemática de la libertad sexual que impera hoy en la sociedad, sino en que a la sexualidad se la ha desvinculado de la conciencia moral, y por ende, de la verdad del ser del hombre y de su naturaleza.

El amor libre radicalizado implica, necesariamente, el rechazo de una educación sexual, desde esta perspectiva lo único legítimo es la información sexual para que los individuos elijan libremente el ejercicio sexual que les apetezca, hasta la posibilidad de incluir la homosexualidad como una opción válida de la persona que tiene el derecho absoluto hasta de crear un tercer sexo.

Pretender educar al hombre para el ejercicio moral de su sexualidad sería visto incluso como antinatural, coartaría la espontaneidad de su libertad y de sus inclinaciones más íntimas. De esto se deduce que la libertad, así entendida, sería el único criterio válido para juzgar la bondad de los actos humanos.

Pero no debemos engañarnos ante este preconizado humanismo, porque el amor libre no ha llevado al hombre a una vida más feliz y más plena, el problema de la sexualidad es uno de los grandes problemas no resueltos de nuestro tiempo, y ciertamente una de las realidades humanas que más nos angustia, sofoca, cuestiona o interroga por las consecuencias directas o indirectas, y que hacen verdaderamente compleja e incluso dramática, la vida de muchas personas.

Todos estamos sensibilizados por el problema del SIDA, sabemos la grave responsabilidad que tiene en esta materia la promiscuidad sexual

También nos preocupan seriamente la práctica de la anticoncepción, los intentos de legalización de proyectos de la mal llamada salud reproductiva, y la realidad vergonzosa del crimen del aborto con sus 40.000.000 de víctimas silenciosas por año en el mundo.

Después de la experiencia histórica de las últimas décadas, es ridículo afirmar que la libertad sexual ha conducido a las personas a una mayor madurez y estabilidad psicológica, por el contrario, existen fundadas razones, avaladas por numerosos hechos, para dudar de tal afirmación. Desde esta perspectiva no es apresurado ni fruto de un prejuicio sostener que la libertad sexual ha causado más problemas de los que ha resuelto.

Ciertamente vivimos una época en la que gran cantidad de personas han perdido el sentido de la vida. El vacío existencial, consecuencia de las más diversas mutilaciones y negaciones a las que ha sido sometido el hombre, ha dibujado en su rostro la desesperanza y el desconcierto.

Separar el sexo del amor y el amor del matrimonio con su potencialidad procreativa lleva necesariamente, a una legitimación social y cultural de la homosexualidad. Coronando este proceso, y de la mano de la ciencia, se ha desvinculado la sexualidad de la intimidad del matrimonio. El peligro de la manipulación genética ya no es una historia de ciencia ficción sino una realidad lacerante para la conciencia humana en este comienzo de siglo.

El hecho de que el hombre pueda ser generado in vitro, con todos los riesgos biogenéticos que implica y todos los cuestionamientos morales que puedan plantearse en torno a este procedimiento, lleva necesariamente a que la sexualidad quede vinculada, de un modo exclusivo, al puro placer. El error puede llegar a ser catastrófico para el futuro de la humanidad, como queda de manifiesta en la preocupación surgida últimamente acerca de la cuestión de la clonación de seres humano por parte de la ciencia.

 

 

 

 

 

 

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